Leonardo Espinoza, médico y escritor: “La Guerra del Pacífico es y será siempre uno de los momentos más determinantes del espíritu de nuestros países”

19 Julio 2021
Oriundo de San Fernando, por estos días nuestro autor de ciencia ficción lanzó su último proyecto: una antología de cuentos sobre la guerra de 1879.
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Este fin de semana se realizó el lanzamiento de Pacífica. Crónicas atemporales de la guerra, una antología binacional que reúne a 8 autores chilenos y otros 8 peruanos, quienes escribieron cuentos ucrónicos, o de historia alternativa, sobre la Guerra del Pacífico.

Con 2 editoriales involucradas, el libro contó con 2 editores, uno para cada país. Por el lado chileno, el rol de editor recayó en Leonardo Espinoza Benavides (1991).

Médico de profesión, y escritor de ciencia ficción, Espinoza nació en San Fernando, pasó largas temporadas de intercambio en Estados Unidos, y estudió medicina en Santiago. Actualmente está radicado en la capital, pero, asegura, mantiene firme su vínculo con la región de O´Higgins. De todo eso y más lo entrevistamos en El Rancahuaso.

 

Tu naciste en San Fernando, cuéntame de tu infancia ¿tuviste algún estímulo en el medio en que creciste que te hizo acercarte a la ciencia ficción?

«Cuéntame de tu infancia»: confieso que la pregunta me resulta… ¡gigante! (lo digo con sonrisa en cara); no es tan fácil quizás englobar esa primera etapa. Creo que el factor común, en mi caso, fue la de una constante sensación de movimiento, rápido y constante. Nací en San Fernando, efectivamente, y pasé mis dos primeros años al cuidado de mis abuelos, con los paternos de lunes a viernes y los maternos el fin de semana, con tíos y primos en San Vicente y Santa Cruz, con quienes solíamos juntarnos. Mi mamá y mi papá trabajaban en Santiago por aquel entonces, hasta que las logísticas se dieron y partí entonces con ellos, primero al norte y luego al sur: nos fuimos a vivir a Antofagasta y después a Coyhaique (desde entonces amo el frío, a diferencia del calor…). Después vendría una alternancia de lugares para mí: Santiago, Arlington, Santiago de nuevo, Fairfax y de vuelta a Santiago. Para entonces ya éramos dos (mi hermana llegaría entre medio; nació en San Fernando también, como dicta la tradición) y… a la fecha no me extrañaría terminar en otro lado, quizá por qué razones cósmicas del universo. Sí, algo así describiría mi infancia. Y en cuanto a estímulos hacia la literatura: ¡sí! Siempre vi a mi papá leyendo incesante, siempre (y todavía, a una velocidad que sospecho jamás lograré). Mi abuelo paterno (mi tata Vicente) amaba reparar libros viejos y les creaba portadas duras de manera artesanal: los clásicos de su biblioteca eran La buena tierra de Pearl Buck y Raíces de Alex Haley. Mi otro abuelo (tata Pío le decimos), profesor de historia, no se quedaba atrás con sus ejemplares guardados en un mueble del pasillo: John Steinbeck, Baldomero Lillo, Manuel Rojas, Olegario Lazo (¡que fue san fernandino!, hay una calle y un colegio con su nombre allá en la ciudad), son algunos que vienen al recuerdo. Pero ¿ciencia ficción? No, esa llegaría en el colegio, lectura-obligatoria-mediante (y bendita fue), sobre todo a través de Bradbury: creo que mi bagaje provinciano me permitió conectar de una forma especial con sus relatos y desde ahí comenzó el resto.

 

¿Has escrito algo relacionado con Colchagua? ¿dirías que ha influido esa zona en tu estilo o tus temáticas?

Sí, siempre está, de una u otra forma, ya sea Colchagua o bien distintas localidades de la región. En Más espacio del que soñamos (2018) hay una serie de cuentos bastante explícitos en cuanto a su intencionalidad de locus rural: «Campos de maíz y acero» ocurre en Santa Cruz y «La herradura entre las zarzamoras» se sitúa en el valle de Colchagua, con mención a San Vicente. (Este último, aprovecho de contar, está en proceso de adaptación audiovisual bajo el título de Baldomero, dirigida por el realizador Jorge Zavala). Por otro lado, eso sí, hay veces en que la influencia es más sutil: no es infrecuente encontrarse en mis historias con astronautas que, sin especificar el lugar, recuerdan mares helados y playas de arena gris. La provincia de Cardenal Caro suele merodear mi subconsciente. En Adiós, Loxonauta (2020), por ejemplo, ambientada —en partes— en un Cono Sur del futuro, surge la mención a Pichilemu; tanto en la Tierra como en Marte, claro. Y así suele ocurrirme.

 

¿Has realizado o piensas realizar alguna actividad sobre tu trabajo, alguna charla o lanzamiento, en la Sexta Región?

Me encantaría, ciertamente, sobre todo en las ciudades que he ido mencionando: hay algo de indescifrable, para mí, en cada uno de esos sitios. Es curioso —ahora que lo pienso— que, de los lugares donde he realizado actividades literarias (incluso fuera del país), nunca he realizado una en mi región… Bien, ¡habrá que resolver eso! Escuelas, municipios, ferias: este servidor a su disposición.

 

Sobre Pacífica ¿Qué fue lo más desafiante de trabajar en un libro binacional?

Coordinar con el resto del equipo y sortear las dificultades respectivas de la distancia física (que lo virtual solo suple en parte). Con un total de ocho autores del Perú y ocho autores de Chile, sumando los representantes para los prólogos de cada nación —Antonio Moretti y Diego Escobedo—, además del equipo editorial del norte —Tania Huerta y Hugo Luque—, por momentos toda la hazaña se convertía en una epopeya compleja: lograr estar en sintonía con cada parte involucrada no era cosa sencilla. Además, en mi caso, como médico activo en estos tiempos, no siempre cuento con una agenda o un calendario fijo para reuniones puntuales (lo cual, para ser sinceros, me encanta; quizá consecuencia de la infancia en constante movimiento, ¿no?). Sin embargo, más allá del desafío, la experiencia fue formidable. Ya había trabajado previamente con Jean Véliz, M. M. Lou, J. P. Cifuentes Palma y Roberto Sanhueza, todos autores que estimo y admiro, y esta vez se sumaron otros colegas con los cuales el proceso fluyó de manera impecable: Carlos Basso, Andrea Amosson, Rodrigo Lara Serrano y Alberto Rojas, plumas que para mí ha sido un privilegio poder editar. Sé que el resultado final de este libro será disfrutado y gozado por muchos lectores, y no solo de Chile y Perú.

 

¿Alguna anécdota o lección que hayas sacado de este proyecto?

Como lección, me permitió aprender a trabajar en el formato de una edición no centralizada (a diferencia de la antología previa de la que estuve a cargo, COVID-19-CFCh). Mi rol recayó en este caso exclusivamente sobre el bando chileno, como antologador y editor general; la parte peruana fue pulida por la respectiva nación vecina. Después lo unificamos. Este ejercicio de creación doble pero única, en conjunto, integrada en sus tuercas múltiples, que exigía una confianza y responsabilidad muy especial, hermosamente colaborativa, me brindó, sin lugar a duda, una serie de herramientas y aprendizajes que estaré usando en el futuro próximo. Estoy muy contento de haber formado parte de esta alianza binacional entre Sietch Ediciones (encabezada por Michel Deb) y Pandemonium Editorial. Sospecho que esta colaboración no será la única que realicemos juntos. ¡Ah! Y en cuanto anécdota, casi se me olvida: creo que lo más gracioso fue el proceso editorial del segmento final del cuento de J. P. Cifuentes Palma (él mismo podrá complementar esta historia). Digamos que lo que partió como un desenlace optimista y esperanzador, terminó dando un vuelco para convertirse en el espejo opuesto.

 

¿Son muy distintos los cuentos chilenos a los cuentos peruanos?

Estuve dándole vueltas a este asunto porque, creo, es de las cosas más interesantes a la hora de analizar e interpretar el libro en su conjunto. Lograr esas relecturas y ese crucigrama es, a mi juicio, esencial al momento de armar una antología temática y Pacífica. Crónicas atemporales de la guerra tiene —me corregirán los lectores— esa virtud de presentar no tan solo una solución sino múltiples. Habiendo dicho eso, mi percepción actual es que, efectivamente, los cuentos son distintos, en su esencia más nuclear. Mientras que los textos peruanos tienden a revisitar la guerra cual exploradores hacia el interior más terrenal de un tiempo y realidad precisa, como escarbando y escarbando hasta la sangre y el sudor, los textos chilenos hacen lo contrario: expanden y cuestionan la mismísima realidad, como si la exploración fuera hacia los límites exteriores del conflicto, hacia sus extremos, poniendo a prueba lo que puede resistir.

¿Por qué crees que la Guerra del Pacífico sigue generando tanto interés entre los lectores?

Diría que son múltiples variables las que hacen de este libro uno atractivo. Por un lado, sí, la cuestión de la guerra misma: creo que la Guerra del Pacífico es y será siempre uno de los momentos más determinantes del espíritu de nuestros países, al modo en que hoy los conocemos como naciones, por lo que así apela a nuestras raíces y despierta entonces una curiosidad inevitable. Héroes, hazañas, dudas; dolor y redención; desafíos y reflejos. Ahí están. Y si a esto le agregamos el ingrediente perfecto, la capacidad de imaginar otras posibilidades (la quintaesencia de la ciencia ficción, de la ficción especulativa), la oportunidad de vislumbrar la infinitud de la Historia alternativa (el ejercicio que hace este subgénero literario, la Ucronía), entonces… ¿quién podría resistir la tentación de darle una lectura y, por qué no, de sumarse, cuestionar y así plantear sus propias alternativas?