Te Deum del Bicentenario en Rancagua llamará a construir el país sobre roca firme

Te Deum del Bicentenario en Rancagua llamará a construir el país sobre roca firme

30 Noviembre 1999
En el contexto del año del terremoto y en el que se conmemoran los 200 años de vida independiente, la Iglesia Católica apelará a construir el país siguiendo la huella de Jesucristo. Este es el escrito del presidente de la Conferencia Episcopal.
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Con gozo inmenso en el corazón y un sentimiento de gratitud a Dios nos reunimos como Iglesia diocesana de Rancagua y como la comunidad de hermanos que habita en la Región que lleva el nombre del Libertador O’Higgins. Y con mayor razón si se trata del año en que recordamos el bicentenario de la constitución de la primera Junta Nacional de Gobierno, primer paso hacia lo que años después constituyó nuestra independencia nacional.
La Iglesia que peregrina en Chile, a través de sus pastores, hemos querido que nuestra patria se convierta en una gran Mesa para todos, sin excluidos ni marginados del progreso material y espiritual que todos merecemos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, gente del campo y de las ciudades, ricos y pobres, civiles y militares. En fin, todos quienes conformamos la nación chilena y también nuestros hermanos que han venido de otros países a vivir en esta tierra bendecida por el Dios de la Vida y de la Verdad, de la Justicia y del Amor. Una nación que, en palabras de San Alberto Hurtado, sea antes de todo “una misión que cumplir”.
Chile como una misión que cumplir
Entender a Chile de esta manera significa hacerla grande, bella, humana y fraternal, construyendo el país entre todos sus habitantes, a pesar de las adversidades y tragedia que hemos vivido recientemente. Al inicio de este tercer siglo nacional, nuestro esfuerzo mayor debe estar orientado y animado por la preocupación por los más vulnerables, los pobres, los que quedan al borde de los caminos o al costado de las mesas. Ello nos demanda muestras concretas de solidaridad profunda y verdadera, con gestos que nos comprometan y nos conduzcan hacia compromisos serios y perdurables. Parafraseando al Padre Hurtado, si no somos capaces de ver a Cristo en los pobres, nuestros problemas no tendrán solución.
Un pasado que nos enseña
La nación chilena se fue conformando a través de los siglos producto del encuentro entre nuestros pueblos originarios y el conquistador español. Un encuentro no exento de dificultades y heridas que aún no cierran, injusticias que aún no se superan y una paz que aún no se consolida plenamente. A pesar de esos desencuentros, nuestra patria hoy mira agradecida a quienes contribuyeron a darle su forma actual. Somos herederos también de aquellos que construyeron pueblos y ciudades, que impulsaron la agricultura y la minería, el comercio y la industria.
Somos una nación respetada en el concierto internacional gracias a los próceres que nos dieron la independencia, gracias a los hombres que conformaron la República y sus instituciones, que promulgaron nuestras leyes y códigos, que dieron forma al Estado y sus poderes. Somos lo que somos hoy gracias a nuestros artistas y científicos, a nuestros políticos y empresarios, a nuestros obreros y profesionales, artesanos y deportistas, mineros y campesinos, nuestros uniformados y los voluntarios civiles, organizaciones de base y sindicalistas, escolares y universitarios, etc.
Pero, principalmente, disfrutamos hoy de una identidad nacional y una idiosincrasia propia gracias a quienes le dieron a Chile su fortaleza espiritual, su piedad popular y su religiosidad tradicional: las distintas confesiones religiosas y creencias que arraigaron en el país. Y en lugar destacado, la Iglesia Católica que ha regalado a Chile personas santas como Alberto, como Teresa y como Laurita. Esta impronta de fe ha sido posible gracias a la fe profunda en el Señor Jesús y a la sincera devoción a la Virgen María del Carmen, nuestra Patrona.
Si recordamos los hechos anteriores de nuestra historia no es para quedarnos detenidos en ellos, sino para entender nuestra propia historia personal, comunitaria y nacional, que nos ayude a construir nuestra identidad colectiva. Nuestro pasado común nos regala como país un relato que se nos vuelve significativo para todos los que habitamos Chile. Y al mismo tiempo nos ayuda a comprender que no estamos solos en el planeta, que formamos parte de la gran familia de la humanidad, en estos tiempos de globalización e intercomunicación. Al recordar nuestro pasado volvemos a pasar por el corazón lo ya vivido, lo traemos a nuestro presente y lo proyectamos hacia nuestro futuro.
Un presente que nos compromete
Al decir de Bernardo Subercaseaux, Chile es “una loca geografía”, conformada por hermosos valles y altas montañas; lagos, ríos y mares; paisajes de infinita y reconocida belleza. Pero lo fundamental lo constituye su paisaje humano, los habitantes que engrandecen la patria, chilenos y extranjeros. Hoy formamos una familia enriquecida por el ancestro español y el orgulloso nativo, sus criollos descendientes y una valiosa ola migratoria de alemanes e ingleses, italianos y croatas, judíos y palestinos; y más recientemente peruanos y argentinos, bolivianos y colombianos y de otros pueblos hermanos que han buscado protección, refugio y cariño en estas tierras.
Hoy somos también una nación con problemas y dificultades, tragedias que ensombrecen nuestra vida cotidiana tal vez con demasiada frecuencia: terremotos e inundaciones, sequías y accidentes, derrumbes y naufragios. En este particular año del Bicentenario nos duelen los sucesos que han marcado nuestras vidas: el 27 de febrero que remeció la tierra; el 5 de agostó que sepultó a los 33 mineros. Estos nos han dado lecciones de valentía, de anhelos profundos, de deseos inmensos de vivir, de preocupación generosa por los demás. El derrumbe que los afectó ha significado para el país una experiencia inédita que ha conmovido a todos, incluso fuera de nuestras fronteras. Quiera Dios que sus familias, los rescatistas, sus compañeros de labores y ellos mismos vean coronados con el éxito esta angustiante situación.
Pero no sólo sufrimos las tragedias provocadas por la naturaleza. Muchas veces nos afectan y nos duelen aquellas causadas por el hombre y sus pasiones: odios y divisiones; conflictos políticos y sociales; hambre y pobreza; violencia y delincuencia. La reciente huelga de hambre de los comuneros mapuches nos duele de manera honda y preocupante.
Nos recordaba el recordado Juan Pablo II nuestra vocación de diálogo y de entendimiento, no de enfrentamiento. Estamos llamados a recorrer caminos de encuentro y de reconciliación. Al entrar en una relación de diálogo y de búsquedas de soluciones estamos igualmente llamados a aprender de la experiencia de los demás, del otro que también tiene algo que decirme y enseñarme, porque todos somos ciudadanos del país y del mundo, en igualdad de condiciones.
Un futuro que nos desafía
Juntos hemos recorrido estos doscientos años, desde aquel Cabildo Abierto de 1810. Otras naciones hermanas se nos unen en este recuerdo agradecido y en los desafíos que el futuro nos presenta. Celebramos con alegría y gratitud junto a los hermanos de Argentina, Colombia, México, Ecuador y Venezuela. Junto al resto de las naciones americanas, y al resto de las naciones del mundo, renovamos nuestro compromiso de buscar un mundo mejor, basado en nuestros legítimos intereses y en nuestros sueños comunes.
Nuestra propia celebración del Bicentenario debe ser una auténtica fiesta para todos los chilenos y chilenas. Una fiesta que considere de modo privilegiado los valores que conforman y seguirán conformando nuestra identidad: la verdad, la justicia y el derecho; el respeto a las ideas y a las personas; la libertad y el fomento al desarrollo integral; la conciencia ecológica y el crecimiento económico; el combate efectivo a la pobreza y la indigencia; la educación de calidad y la seguridad de los ciudadanos; el fomento a las artes, a la cultura y a la ciencia; la plena libertad de culto y de las diversas expresiones religiosas.
En la mirada del presente y del futuro quiero hoy de modo especial destacar algunos desafíos particularmente urgentes para nuestro país en esta celebración del Bicentenario y en los años venideros.
La superación de la injusta pobreza de los pobres.

Los obispos chilenos hemos expresado en numerosas ocasiones la necesidad de mejorar nuestra convivencia nacional, especialmente a través del fomento a la solidaridad más profunda con los problemas, angustias y necesidades de los excluidos y marginados, sin distinciones ni exclusiones. Es lo que llamamos una “mesa para todos”. Las más crecientes y creativas instancias de diálogo ayudarán a configurar un mejor camino de convivencia, fraternidad y solidaridad con los más pobres. Al inicio de nuestro tercer centenario aún somos un país con muchas exclusiones y desigualdades. Algunos de los sectores más afectados por esta situación son, además de los mismos pobres e indigentes, las mujeres, los jóvenes, nuestros grupos étnicos originarios, los trabajadores menos instruidos o especializados. No es posible que una situación así se siga replicando en nuestra sociedad moderna y altamente tecnologizada. ¡¡¡Es un drama que clama al cielo!!! ¡¡¡Chile debe ser un país más equitativo!!!

La necesidad de fortalecer aún más el espíritu de reconciliación nacional.
Si bien es posible reconocer muchos avances en nuestra institucionalidad democrática, en nuestra organización social y en el respeto a los derechos e las personas en un contexto de verdad y justicia, todavía faltan pasos para una auténtica y plena reconciliación nacional, y para una creciente convivencia pacífica entre todos los sectores que componemos nuestra patria. Necesitamos aún consolidar fuertemente el respeto más amplio posible a los derechos humanos de todos los que habitamos este suelo. Y que, además, nuestros gobernantes, legisladores, jueces y políticos sean capaces de interpretar los anhelos profundos de la comunidad nacional y ejerzan sus importantes funciones orientadas hacia una acción pública entendida como una vocación de profundo servicio al prójimo y al bien común.

La solución integral y justa a la situación de nuestros pueblos originarios.
La reciente huelga de hambre de los comuneros mapuches ha significado para todos los chilenos una fuerte interpelación a nuestra conciencia nacional. La falta de un diálogo abierto y sin condiciones; el olvido permanente del lugar que debieran ocupar los pueblos originarios; la postergación ancestral de sus reivindicaciones y derechos, forman parte de un trato injusto y discriminatorio que no nos ha hecho bien como país. Es, por lo tanto, muy urgente y necesario atender sus reclamos cuando sean justos y respetuosos. Seguir postergando soluciones amplias e integrales al tema mapuche será una verdadera bomba de tiempo para nuestra convivencia nacional y para una adecuada y civilizada relación entre el pueblo mapuche y el Estado de Chile.

La necesidad de otorgar una esperanza creciente a los jóvenes.

Algunos factores del actual sistema social, económico, político y cultural que impera en nuestra nación y en el mundo entero, unido a los procesos de globalización y de alto desarrollo tecnológico y comunicacional, pueden llevar a altas cuotas de frustración, marginación, presión y angustia en muchas personas, que quedan al margen de los beneficios de estos procesos. Uno de los sectores más afectados es el de los jóvenes, principalmente de aquellos que no acceden a una educación de calidad, o que no tienen una suficiente calificación laboral, y por lo mismo quedan sumidos muchas veces en las redes de la droga, del alcohol, del desempleo y hasta de la delincuencia. También esta condición de nuestros jóvenes no es digna de un Chile que pretende sumarse a la modernidad y a sus regalías. Al celebrar el Bicentenario esta situación nos debiera avergonzar y conducir a una justa indignación. No es posible que nuestros jóvenes y adolescentes se pierdan en caminos que los alejan de Dios, de sus familias y de la sociedad.

La familia: sus fortalezas y los peligros que la amenazan.

Una vez más quiero reiterar el aprecio enorme que la Iglesia expresa y siempre expresará por la familia en todas sus dimensiones, en particular porque es el primer y natural espacio para el aprendizaje de los valores y por ser la cuna donde se vive de manera privilegiada el amor, la fecundidad, la verdad y la sana convivencia entre los seres humanos. El valor inapreciable de la vida, desde la concepción hasta la muerte, siempre formará parte del núcleo de la enseñanza de la Iglesia. La vida tiene y siempre tendrá la dimensión sagrada que le otorgó el Creador.

Queremos para Chile lo mejor para nuestras familias, aún con sus dolores y dificultades, pero también con sus alegrías y esperanzas. A quienes viven situaciones complejas o tristes, las animamos en su caminar. Un saludo especial y cariñoso a las mujeres que sacan adelante a sus hijos sin la presencia del marido, a las jefas de hogar que se esfuerzan en medio de penas y contrariedades. A quienes sufren las consecuencias del camino extraviado de sus esposos, hijos y seres queridos. A los hijos que permanecen esclavizados por la droga o el alcohol. A quienes sufren el desempleo o condiciones laborales injustas o peligrosas. Y a quienes viven solos y marginados. Siempre la Iglesia estará cercana en todas estas realidades a través de su palabra y de sus acciones concretas de solidaridad y fraternidad.

Palabras finales:
Este es un día de gozo y alegría para Chile. Hoy se cumplen doscientos años del primer intento de soberanía nacional. La palabra que Jesús nos ha regalado hoy en la proclamación del Evangelio nos invita a permanecer en el amor de su Padre. Al cumplir su Voluntad permaneceremos en su Amor. Ya no somos siervos, sino amigos de Dios. Hoy esa Palabra de Dios nos exhorta a vivir como hermanos en esta Patria querida que Él nos ha regalado. Dios nos ha elegido en su infinita bondad y quiere que le pidamos todo aquello que necesitemos como la gran nación que estamos convocados a ser. Lo que nos pide es que nos amemos unos a otros.

Este es el sentido más profundo del Bicentenario que celebramos, más allá de la fiesta y del brillo de las celebraciones externas, más allá del baile y los cantos, de las banderas y de los desfiles. En el amor a Dios y a los hermanos hacemos grande a Chile y a todos quienes tenemos la suerte de vivir y convivir en este hermoso territorio.

En el año del Bicentenario: ¡Al Señor de la Vida y de la historia, el honor y la alabanza de sus hijos queridos por toda la eternidad!

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