"Construir desde las Debilidades: las tuyas... las mías... las de todos"

En sugerentes párrafos, el religioso jesuita aborda el tema de las fortalezas y debilidades personales, haciendo una invitación a construir las relaciones humanas desde estas últimas... ¡Toda una novedad!
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07 de Noviembre, 2005 03:11
"¡Qué desastre!, hasta mis debilidades son más fuertes que yo!" (Mafalda)
La DEBILIDAD “es la experiencia de una peculiar vulnerabilidad ante el sufrimiento, de un sentido profundo de incapacidad tanto para actuar como para proteger; una incapacidad de ser uno autor, de desempeñarse como uno quisiera, de influir sobre lo que habíamos decidido, de tener éxito con toda la plenitud que hubiéramos anhelado... de asegurar nuestro propio futuro, de protegernos de cualquier adversidad, de vivir en una holgada claridad y serenidad; o de evitar o defendernos de la vergüenza, del dolor, o aún de la angustia interior" (Cf. Buckley, Michael, "Porque lleno de debilidad o flaqueza humana", en Cuadernos de Espiritualidad, Centro de Espiritualidad Ignaciana, nº 62, julio - agosto de 1990, p. 3)
Bajo esta perspectiva, las debilidades pueden ser muchas: para algunos serán físicas; para otros, espirituales; muchas, psicológicas; e incluso, intelectuales.
Este artículo no pretende ser ni un análisis psicológico ni teológico de la debilidad, sino que desea compartir con ustedes algunas reflexiones con un poco de lo primero y un poco de lo segundo; no brota de la especulación ni del estudio sistemático, sino de la experiencia misma. Más que nada, deseo hacer una invitación: ¡CONSTRUYAMOS NUESTRAS RELACIONES HUMANAS DESDE LA DEBILIDAD!
Parece curioso que alguien plantee siquiera la posibilidad de "construir" desde las debilidades. Todo el discurso contemporáneo parece apuntar en otra dirección: éxito, poder, “felicidad” rápida y a la mano. Esta época parece haber sido hecha para esconder nuestras debilidades y sacar a relucir sólo los logros y metas alcanzadas.
"¿Te conté lo que me pasó el otro día?"
¡Qué sencillo resulta llegar a casa contando lo bien que me fue en el trabajo! ¡Qué fácil es llegar a la oficina contento cuando la noche anterior ha ganado nuestro equipo de fútbol! ¡Con qué facilidad nos sentimos invitados a comentar nuestros éxitos, una buena conversa que tuvimos, un excelente negocio que acordamos, la enorme cantidad de gente que asistió a nuestra charla, las felicitaciones que recibimos por un buen trabajo realizado, lo mucho que nos estiman quienes nos rodean! Todo esto nos hace bien y resulta incluso necesario. Pero, ¿cómo reaccionamos cuando nos sucede lo contrario? ¿Qué ocurre cuando hemos sido reprendidos... cuando nadie llegó a la reunión que tanto habíamos preparado... cuando no nos sentimos escuchados por el otro... cuando no se estima el trabajo que realizamos o el esfuerzo que pusimos en tal empresa? ¿Cómo vivimos el fracaso, la enfermedad, la disminución, la pena, la soledad, la incomprensión? ¿Cómo incorporamos a nuestra vida las limitaciones y debilidades? Pareciera que una reacción recurrente ha sido la de disminuirle el perfil, vivir como si no existieran, ocultarlas, y lo que es peor, les negamos un normal y saludable espacio de expresión.

El gran peligro de cimentar nuestras relaciones humanas sólo en los éxitos y logros alcanzados está en la fugacidad de éstos. Pero no sólo eso. Todos hemos vivido la experiencia de escuchar a otro que viene a nosotros permanentemente con su último éxito, mientras por dentro no dejamos de compararnos y de sentir la distancia que nos separa de ese aire triunfalista. Eso que hemos vivido, con frecuencia, a veces de manera inconsciente, lo hacemos sentir también a otros. El resultado es que cada vez vamos experimentando menos sintonía con los demás, nos vamos distanciando unos de otros y la amargura se adueña de nuestros momentos de soledad; soledad que, al mismo tiempo, nos pone en contacto con nuestra verdad más descarnada.
¡Gracias debilidad!
Pareciera, al mismo tiempo, que la solución no iría por caminar por la vida contagiando a otros nuestras soledades, dolores, distancias y duelos. Hacer esto, produciría precisamente el efecto contrario -distanciarnos más- pues nadie puede cargar -ni podemos exigirle a otro que lo haga- permanentemente con aquellos sentimientos.
La invitación es a vivir conscientes de nuestras debilidades. Tenerlas presentes nos ayuda a vivir la vida desde una perspectiva de mayor humildad y sencillez. La debilidad es, sin duda, algo que tenemos en común cuantos caminamos por esta vida. Construir desde ellas -desde lo que nos une- nos hace sentir que nuestra vida tiene algo que decir a la del otro y que el otro es un misterio que vale la pena conocer, sin temor.
Aunque inicialmente parezca contradictorio la debilidad es una enorme herramienta de ayuda en nuestras relaciones humanas, pues nos hace solidarios con las debilidades del otro y nos abre a una relación igualitaria con aquel que se acerca en nuestra ayuda. Ya no hacemos el bien desde arriba, sino desde una igualdad básica. Vivir desde esta perspectiva nos hace ser empáticos con las debilidades de los otros. La conciencia de la propia debilidad no es algo etéreo, sino que se traduce en acciones concretas: destruye barreras, arranca prejuicios, nos pone delante de los otros en perfecta vulnerabilidad.
"Él, siendo de condición divina..." (Fil. 2)
Como religioso, he encontrado en mi experiencia de fé un camino concreto en esta línea. La posibilidad de reconocer mis debilidades ha sido, quizás, la herramienta de mayor valor que he recibido para poder acompañar a otros en sus propios procesos.
Dios mismo asume, en la Encarnación de su Hijo, el camino de la debilidad (Jn. 1,1.14). Podríamos incluso decir que su "teología" es la de la debilidad: Aquel que es eterno se hace temporal; quien tiene todo el poder se hace obediente; Él, que tenía más que nadie de que presumir, pide no comentar a otros algún milagro o que es el Hijo de Dios (Mt. 9,27-31). Jesús se hace solidario de nuestra condición humana. Sólo desde esa existencial solidaridad –o “común unión”- es posible la redención: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres...” (Fil. 2,6-7)
La debilidad nos ayuda a recordar que todo es gracia y que la fuerza nos viene dada por Otro. Jesús, en su debilidad, no dudó en agradecer al Padre frente a cada acción (Jn. 12,41). La conciencia de su propia fragilidad le hace solidario al sufrimiento de su tiempo. La conciencia de la propia debilidad nos permite abrirnos a la experiencia de lo divino, en cuanto es tierra fértil a la acción de Dios, sin barreras, sin condicionamientos, sin temas vedados. Ciertamente un desafío.
Marcelo Mobarec Hasbún SJ
Capellán Universidad de Tarapacá
Capellán Hogar de Cristo - Arica
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