Participación (verde) cívica: Nuevas dinámicas de acción
Pasamos de ser los hijos de la tierra a ser una destructiva plaga que como un cáncer la corroe. Estamos haciendo las cosas mal y urge actuar. Por Eduardo Vergara Bolbarán
Si existe un factor que va a ser determinante en la vida de nuestros hijos, es la relación que tenemos hoy con el planeta tierra. Pasamos de ser los hijos de la tierra a ser una destructiva plaga que como un cáncer la corroe. Estamos haciendo las cosas mal y urge actuar.
Por ejemplo, ya hace unos días nos recordaron que en 40 años el bosque y vegetación de la región de O’Higgins se desplazará a la Región del Bio-Bio. Que ahí se encuentre casi un cuarto de la superficie frutícola del país no es un tema menor. Veremos suelos más áridos y menos lluvia. Para qué hablar de las ciudades, zonas saturadas, en las cuales la calidad de vida disminuirá gracias a una mayor polución en nuestro aire, falta de agua y la constante preocupación de sus habitantes al vivir en lugares sucios. La lista sigue: nuestros glaciares están desapareciendo, continuamos vaciando desperdicios al mar, y por donde miremos, vemos las cicatrices casi irreparables que hemos dejado en nuestro medio. No se trata de cambios estéticos, sino que de giros radicales en la manera en que vivimos, producimos y trabajamos.
Las iniciativas implementadas hasta ahora para reducir el impacto son bienvenidas pero no suficientes. Nuestras ciudades, campos y océanos asemejan basurales. Seguimos actuando de manera egoísta y por sobre todo ignorante. Somos últimamente sucios.
Si bien en el presente hemos tenido como protagonistas de los problemas y las soluciones al gobierno y algunas tímidas ONGs, la solución para vivir en un planeta más limpio y sustentable radica hoy sobre las personas. Estas deben hacerse participes y ser empoderadas para lograr unirse a los debates en busca de soluciones. Falta acción y poder.
Para avanzar, debemos evolucionar desde escenarios reservados para reguladores y regulados, a sistemas donde evaluemos rendimientos bajo consensos nacidos de nuestra identidad. El limitado espacio que hoy existe para que la sociedad civil penetre este debate, ha mantenido a las personas cómodamente alienadas de la problemática y por sobre todo, alejadas de pasar a ser parte de la solución.
Es más, los pocos que toman parte, lamentablemente se asemejan más a movimientos de protesta que a tanques de influencia que logren articular y generar políticas públicas. El activismo no es suficiente. Debemos dejar de ver la problemática como una relación vertical, y entenderla como una horizontal, donde lo que importa es el cómo logramos las metas bajo consensos cívicos, basados en incentivos y metas comunes, y no en extorciones de poder de arriba hacia abajo.
Es momento de promover los presupuestos participativos verdes, sistemas de medición de impacto individual, incentivos económicos para la reducción de impacto, innovación y educación. También deberíamos crear sistemas permitan y estimulen a todos los ciudadanos a compensar su daño. Demos nacimiento a mercados locales de bonos de descontaminación donde los ciudadanos contrarresten su impacto financiando iniciativas verdes. Urge incentivar y sistematizar la separación de desechos desde el hogar, promover el uso de transporte alternativo, sancionar el uso de bolsas plásticas, etc. Alternativas hay muchas pero falta voluntad.
Está claro que nos faltan políticas públicas verdes, y de eso podemos culpar la miopía nuestra y la de nuestras autoridades. Pero lo más lamentable es que nos falta, a nosotros los ciudadanos, un mayor compromiso cívico, visión en grande y generosidad. Elementos fundamentales para lograr avanzar, y por sobre todo trascender en el tiempo como los responsables de haber devuelto la esperanza a nuestro planeta.
Por ejemplo, ya hace unos días nos recordaron que en 40 años el bosque y vegetación de la región de O’Higgins se desplazará a la Región del Bio-Bio. Que ahí se encuentre casi un cuarto de la superficie frutícola del país no es un tema menor. Veremos suelos más áridos y menos lluvia. Para qué hablar de las ciudades, zonas saturadas, en las cuales la calidad de vida disminuirá gracias a una mayor polución en nuestro aire, falta de agua y la constante preocupación de sus habitantes al vivir en lugares sucios. La lista sigue: nuestros glaciares están desapareciendo, continuamos vaciando desperdicios al mar, y por donde miremos, vemos las cicatrices casi irreparables que hemos dejado en nuestro medio. No se trata de cambios estéticos, sino que de giros radicales en la manera en que vivimos, producimos y trabajamos.
Las iniciativas implementadas hasta ahora para reducir el impacto son bienvenidas pero no suficientes. Nuestras ciudades, campos y océanos asemejan basurales. Seguimos actuando de manera egoísta y por sobre todo ignorante. Somos últimamente sucios.
Si bien en el presente hemos tenido como protagonistas de los problemas y las soluciones al gobierno y algunas tímidas ONGs, la solución para vivir en un planeta más limpio y sustentable radica hoy sobre las personas. Estas deben hacerse participes y ser empoderadas para lograr unirse a los debates en busca de soluciones. Falta acción y poder.
Para avanzar, debemos evolucionar desde escenarios reservados para reguladores y regulados, a sistemas donde evaluemos rendimientos bajo consensos nacidos de nuestra identidad. El limitado espacio que hoy existe para que la sociedad civil penetre este debate, ha mantenido a las personas cómodamente alienadas de la problemática y por sobre todo, alejadas de pasar a ser parte de la solución.
Es más, los pocos que toman parte, lamentablemente se asemejan más a movimientos de protesta que a tanques de influencia que logren articular y generar políticas públicas. El activismo no es suficiente. Debemos dejar de ver la problemática como una relación vertical, y entenderla como una horizontal, donde lo que importa es el cómo logramos las metas bajo consensos cívicos, basados en incentivos y metas comunes, y no en extorciones de poder de arriba hacia abajo.
Es momento de promover los presupuestos participativos verdes, sistemas de medición de impacto individual, incentivos económicos para la reducción de impacto, innovación y educación. También deberíamos crear sistemas permitan y estimulen a todos los ciudadanos a compensar su daño. Demos nacimiento a mercados locales de bonos de descontaminación donde los ciudadanos contrarresten su impacto financiando iniciativas verdes. Urge incentivar y sistematizar la separación de desechos desde el hogar, promover el uso de transporte alternativo, sancionar el uso de bolsas plásticas, etc. Alternativas hay muchas pero falta voluntad.
Está claro que nos faltan políticas públicas verdes, y de eso podemos culpar la miopía nuestra y la de nuestras autoridades. Pero lo más lamentable es que nos falta, a nosotros los ciudadanos, un mayor compromiso cívico, visión en grande y generosidad. Elementos fundamentales para lograr avanzar, y por sobre todo trascender en el tiempo como los responsables de haber devuelto la esperanza a nuestro planeta.
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La primera mitad de esta
La primera mitad de esta columna responde la pregunta de por qué este tema no se toma en serio por parte de la ciudadanía. Decir que somos una plaga lleva el tema a una instancia ideológica que acostumbran a usar ciertos grupúsculos políticos que han capturado este tema para emprenderlas contra el avance y el progreso humano por medio de tesis y estudios tendenciosos y alarmistas. Lamentable, porque hasta nuestro gobierno se ve tentado a actuar de esa manera.
Sin embargo, la segunda mitad del escrito se encamina en una dirección objetiva y responsable, ya que más que una plaga somos la respuesta y la esperanza de soluciones a nuestra relación con el medio ambiente.
No hay que caer en tesis politiqueras absurdas, tendenciosas, engañosas y erróneas. Sí hay que buscar formas responsables de llegar a una economía verdaderamente sustentable.