CRÍTICA EXISTENCIAL Filosofía. Una pregunta, no una trifulca
Hoy fui a una mesa en la que se trataba lo de las posibilidades del Alma Bella Hegeliana. Carlos Pérez y Juan Ormeño presentaban sus modos de leer La Fenomenología del Espíritu, y entre ellos dos había otro filosofador, Orellana, que se dedicó a escuchar y a hacer algunos comentarios humorísticos. El evento estaba siendo gravado a dos cámaras. El auditorio estaba más lleno que nunca, casi copado hasta la mitad. Pérez y Ormeño tienen sus respectivas cátedras acerca de Hegel, cada uno en su respectiva universidad, y algunos alumnos que asistían a ambas clases decidieron organizar un evento en el que ambas estrellas de las escuelas de filosofía chilena pudiesen poner en contraste sus diferentes modos de leer a Hegel. A medida que avazaban las exposiciones, al mismo tiempo que disfrutaba de los argumentos de cada profesor, iba acumulándoseme cierta rara sensación de incomodidad. Supuse que era la sensación de ignorancia y de imposibilidad de mi parte para dedicarle el tiempo suficiente a, por ejemplo, algo tan interesante como las ideas de Hegel. Sin embargo, al final del evento, que no podemos menos que aplaudir –ante el emplazamiento de los dos expositores, que alegaban que en todas partes había antihegeleanos pero que cuando esos antihegeleanos estaban frente a verdaderos hegeleanos, no se atrevían a decir nada, y llamaban, con una satisfactoria respuesta silenciosa, a esos antihegeleanos a pronunciarse– un hombre de camisa alegó que el sistema de Hegel era muy cerrado, y que para poder criticarlo frente a un hegeliano, había que entrar al sistema y usar su lógica, cosa que da la posibilidad al eterno argumento de que no se ha leído lo suficiente o que no se han comprendido bien las ideas de Hegel. Entonces me pregunté de qué se trataba todo eso. ¿Qué es ser hegeliano o kantiano? Saber más de uno o del otro, me respondí. Creerle más a uno que al otro. Creer que tu filósofo está más cerca de la verdad. Porque claro, como en la política, hay que mojarse el poto y no ser un democratacristiano de la filosofía, donde se picotee de todo sin devorar nada realmente. ¿Pero por qué hay que comerla? La filosofía, a mi juicio, se respira, no se come. No tiene sentido ser hegeliano o ser kantiano. No tiene sentido discutir de filosofía; lo único que se puede hacer es conversar, dialogar.
A partir de ese momento me puse a pensar en qué fue lo que más me incomodó de esa mesa, nunca olvidando que en realidad el principal factor era mi ignorancia en materia hegeliana. Es por eso que, en defensa de mi propio modo de pensar –y de mi vapuleada autoestima, cómo no–, me vine a tratar de pasar a un papel lo que me vine pensando en el metro.
Ormeño y Pérez habían ido a exponer sus diferentes modos de leer a Hegel, pero realmente no exponían sus modos de leer a Hegel, sino sus respectivas maneras de pensar. Cada modo de pensar singular implica un modo singular de comprender la historia de la Filosofía, un modo singular de comprender lo que es la metafísica, un modo singular de posicionarse políticamente frente al resto de los humanos, una ética singular, un singular modo de escribir, un singular modo de llevarse el tenedor a la boca, un singular modo de respirar y de irrigar la sangre con oxígeno, y, naturalmente, un modo singular de leer a Hegel o a Marx. Pérez y Ormeño, entonces, hablaron cosas de Hegel, puntos de vista referentes al contexto, expusieron razones por las cuales creían que Hegel no debía ser visto como rezago de Kant, hablaron de por qué su Filosofía era tan injusta e ignorantemente criticada, y acerca de por qué sigue aún vigente. En definitiva, estuvieron ahí defendiendo a Hegel, casi agrediéndolo con la seguridad con la que expresaban sus comentarios: tanto Pérez como Ormeño tenían la verdad respecto a lo que quería decir Hegel y qué significó Hegel para la filosofía.
Pero las cosas empezaron a ser más transparentes, pese a los esfuerzos de los expositores, ante una intervención del público: ¿por qué defender a Hegel?, pregunta ante la cual ambos invitados expusieron sus ideas, uno diciendo que porque era base del marxismo y que él era marxista, y el otro que porque es el único filósofo cuyo pensamiento sigue hoy aún vigente. Ambas, razones que confirman la idea de que sus modos de leer a Hegel no son básicamente eso, sino, simplemente, sus maneras de pensar, y, por añadidura, sus modos de leer a Hegel (o a Kant o a Kierkegaard o a quien sea). Por eso se podí
a ver a algunos asistentes incomodarse en su silla al escuchar que Hegel era el autor más mal leído de la historia de la Filosofía. Diciendo eso, el expositor estaba diciendo que un montón de pensadores en el mundo entero tenían una mala forma de pensar, y que la suya era la buena, la suya y la de algunos otros cuantos como él. ¿Pero cómo podemos saber quién es el que leyó bien y el que leyó mal a Hegel? ¿Y qué pasa si uno que leyó bien a Hegel, lee mal a otro que escribió acerca de Hegel, habiéndolo –éste último– entendido bien? ¿Qué es todo eso de buenas y malas lecturas y modos de pensar? Parecen preguntas estúpidas, pero el lenguaje y la simpleza humana nos las hacen del todo admisibles. Sucede, entonces, que acá se abre una herida que algunos psicoanalistas se han preocupado de mantener infectada, y que apunta a la dificultad de comprenderse realmente, ya sea dentro como fuera del campo de la filosofía. Así, un sistema cerrado, como se supone que es la proposición hegeliana –a la que con suerte le conozco las uñas–, es el escenario perfecto para una de esas personas que considera que la suya es la forma buena de pensar, el lugar preciso para desplegar toda su destreza y suspicacia lectora, y para rellenar su memoria de argumentos que defiendan la idea más importante de todas: este, el mío, es el modo correcto de pensar.
La filosofía podría entenderse no solamente como ese gigantesco ejército de terracota del que pueden servirse mentes diestras, sino también como un lugar diverso en sí, la actividad pensante más profunda del ser humano; la filosofía podría entenderse también como un campo que ocurre, y que no es posible detener en comprensiones rígidas. Hay una serie de documentos, esfuerzos de filósofos, por expresar sus ideas filosóficas –para poder compartirlas–, pero no se trata más que de documentos vacíos, palabras amarradas a su significado oficial o palabras entregadas a la metáfora que vea el lector. La filosofía, en cierto sentido, no tiene un modo correcto de ser leída, pues tampoco tiene un modo correcto de ser escrita. La filosofía no es algo en sí mismo, sino una reunión de todos aquellos pensamientos humanos más profundos que han sido escritos, pensamientos que apuntan a comprender el misterio de la verdad, la verdad sobre esto o lo otro, pero la verdad. Los filósofos son los más hábiles y pretenciosos seres de nuestro planeta, y seguramente los más esforzados y masoquistas también; ellos deben entregarse a la búsqueda de la verdad. Los lectores de filosofía son también filósofos, pues circulan por los caminos del pensamiento por los cuales circuló el filósofo autor de la idea que están leyendo, caminos por los cuales tal vez un montón de filósofos anteriores –que nunca leyeron a quien escribió esas ideas– han circulado (la filosofía se repite y es de todos, los filósofos no son dueños de sus ideas. El arte, por su parte, es del artista, y es una forma singular con una intención que no se puede compartir como una idea, pues es algo más que una idea). Estos lectores de filosofía, o esos simples pensadores no muy abocados a la lectura, pueden gozar de la lucidez de un filósofo sin necesariamente tener que hacer el engorroso esfuerzo de llevar a la página sus ideas, las cuales, si bien requieren necesariamente del lenguaje para producirse, no necesariamente hacen uso de él según las reglas que lo gobiernan en pos de la comunicación. Así, la Filosofía consiste en un deambular genuino y honesto en busca de la verdad, o bien habitándola, respirándola. Sin embargo, ambas clases de filósofos, los que escriben y los que no escriben sus ideas, pueden llegar a utilizan su habilidad para suponer y hacer pensar al resto que su modo de pensar es el bueno, y que los que no piensan como él respecto a algo, es porque no han leído bien el texto, porque no lo han entendido bien, es decir, porque no piensan bien. ¿Pero cómo pueden saber lo que está pensando el otro? ¿Cómo alguien va a saber dónde está la falla? ¿Cómo una mala forma de pensar puede llegar a darse cuenta de que está mal en su modo de pensar? Entonces, ¿cómo alguien puede estar tan seguro de que su forma de pensar no está equivocada desde el principio, y que por lo mismo no es capaz de enterarse de su mal? Es por esto que la actitud del filósofo que defiende sus ideas es la actitud del hombre de fe: fe en si mismo, en su manera de pensar. Pero esta fe muchas veces cae en un agujero: cada vez que una persona intenta aclarar el correcto modo de comprender una idea filosófica, sin comprometerse con ella –ya sea a favor o en contra–, está defendiendo gratuitamente su propia forma de pensar, sin realmente estar defendiendo la idea filosófica –mediante la fe en si mismo, pero no para si misma–, sino simplemente dando una muestra de destreza que se ubica por sobre la filosofía, en un afán metafilosófico, como si existiese alguna actividad a la que pudiésemos darle ese nombre. Nadie puede saber si su propio modo de pensar es el correcto; entonces aparecen unos saltimbanquis que se ubican en una meta-posición y hablan de su propio modo de leer cierto texto y del modo de leerlo de otros; se refieren a su modo de pensar como si pudiesen salirse de él y descubrir sus defectos (misteriosamente, nunca ninguno de ellos ha descubierto un defecto en su modo de pensar, y sí en el de muchos otros). Y ahí están muchos hoy, en ese hoyo, rasguñándose los conceptos para un lado y para otro, acumulando títulos y autores en su biblioteca portátil, ensayando una sonrisa en el espejo. Y la filosofía va silenciosa al otro lado de su espejo.
Lo honesto de la filosofía, lo honesto del filósofo, escriba o no, es su esfuerzo por alcanzar la verdad. Aunque esa filosofía sea un complejo modo de explicarse la imposibilidad de alcanzar la verdad, esa explicación ocupa el lugar de la verdad. El filósofo es un sabueso de la verdad, y su olfato funciona a partir de la química del lenguaje, mediante nomenclaturas imposibles que provocan explosiones inesperadas dentro de sus pulmones. Olfatear y descubrir, respirar la filosofía; no tragarla, no devorarla. Si los sabuesos de la verdad suponen que su tarea es ir devorándola para que luego los cachorros principiantes le laman el sudor de la piel –donde podrá saborearse lo que sobra de la filosofía, mezclado con lo que sobra en el cuerpo del sabueso devorador–, están siendo deshonestos, están creyendo que pueden capturarla dentro de sus estómagos, cuando las ideas son
efímeras y están en nuestra respiración, vienen y se van, y son de todos, pueden pasar por todos los pulmones. Esos perros de la filosofía, los que devoran y transpiran para que sus súbditos los laman, no respiran, pues creen que ya tienen la verdad, cuando el filósofo a lo más puede jactarse de que vive en ella. Y podemos ver que muchas veces la escritura para los filósofos es un ejercicio frustrante. El sentido de leer textos filosóficos no es leerlos bien, sino usarlos como un acceso a la filosofía, a esos pensamientos humanos que son más altos que los cotidianos.
Soto y Ormeño, dos pensadores muy hábiles, muy lúcidos y veloces en la actividad del pensamiento, me resultan del todo convincentes cada vez que hablan. Pocas veces se ve a personas tan seguras de que tienen el buen modo de pensar. Seguramente muchos de los jóvenes estudiantes del auditorio –con sus melenas y sus barbas sudando las ganas de estar ahí al frente con la correcta manera de pensar bajo el brazo– sufrían al darse cuenta de la cantidad de autores que aún no habían releído, de la cantidad de autores que aún respetaban y de quienes sus maestros osaban reírse sin más, tratándolos de filósofos equivocados porque leyeron mal a alguien (tiempo atrás, cuando el joven estudiante levantó la mano preguntando por ese filósofo, el profesor sonrió y le dijo está bien, yo también en algún momento de mi vida estuve de acuerdo con ese filósofo, pero más adelante logré ver su equivocación), seguramente muchos de esos jóvenes estudiantes de filosofía se preguntaban qué sería de sus futuros: hasta dónde podrían llegar con sus modos de pensar. Y adelante, dos hombres que piensan bien, cada uno a su manera, se enfrentan a un auditorio repleto de pequeñas mentes sin los argumentos como para poder hacerles la pelea –que así fue como ellos supieron ver la escena: ellos dos en una esquina del ring, y el resto del auditorio en la otra mitad–, pero, misteriosamente, a juzgar por su modo de hablar, los expositores asumían que el público era capaz de comprender sus lecturas, capaz de leer correctamente sus lecturas. Capaz de tragar su sudor.
De todas formas fue una jornada provechosa, entretenida, interesante. Una de las mejores mesas a las que he ido en todo el año. Un espectáculo de argumentos. Un show de la brillantez humana, homologable a un concierto de músicos veloces y perfectos que siguen progresiones complejísimas sin cometer error alguno: los mejores músicos. Pero después del evento me vine a mi estudio, donde estoy escribiendo este ridículo texto, y me topé por casualidad con una fotocopia de Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de Nietzsche. Lo volví a leer en un espasmo del pensamiento, y volví a habitarlo una vez más. Ahora, sin embargo, nada quiero decir de ese texto, nada de él quiero defender, menos a su autor, pues no puedo saber si lo que él estaba pensando fue lo mismo que pensé yo esta vez al leerlo, aunque tengo la fe de que sí. Tengo la fe de que mi modo de pensar es el buen modo de pensar, razón por la cual habría podido leer bien el texto de Nietzsche. Y ¿qué me importa cómo lo haya leído otro? Acaso cambia el texto por eso? ¿Acaso cambia la filosofía que invita a recorrer ese texto? Discutir de filosofía es casi tan ridículo como discutir de arte. Discutamos de los modos de exponer las cosas, de los estilos literarios, de las fechas y de las historias, pero no de la filosofía. Concuerdo en que puede haber lecturas absurdas de textos, sin contextulaización de ninguna clase, pero también existe una trampa ahí: la Filosofía se escapa de sus tiempos, y para poder contextualizarla hay que tomar en cuenta lo que sucedió después de la publicación de los textos filosóficos en cuestión, y lo que sucedió después ya se vio marcado por la lectura que se le dio en esos tiempos que pensaban de otro modo. Evidentemente hay que contextualizar, y por eso es muy provechoso asistir a clases como las de Ormeño o Pérez, pero el contexto es también interpretado. Y claro que la tradición le hace bien a la filosofía, para mantener su existencia en la cultura, pero ese no es el interés de la propia Filosofía, sino el de los sabuesos devoradores, que, sin darse cuenta, van dejando pedazos de su comida en el suelo, van esparciéndolos por el suelo para que otros, los filósofos, puedan pasar por ahí y olfatearlos. Esa es la misión de las universidades, la de los editores, la de los organizadores de mesas: mantener tradiciones y meriendas de filosofía, para que los filósofos que van pasando por ahí cerca puedan oler esos pensamientos y habitarlos sin voracidad. La labor de esos perros devoradores es, en el fondo, muy inocente, como la labor de un panal que recolecta polen para crecer, diseminando miles de plantas que van creciendo por generaciones a su alrededor. Ese panal va a morir, y otro similar crecerá por ahí, como una unidad, como un sistema de celdas hexagonales perfecto, que nace, crece, y luego se seca y muere. La flora a su alrededor, como una sola cosa, inmensa, repleta de colores y formas diversas, es la Filosofía, y las miserables abejas del panal, sin querer, la hacen posible. Ningún panal podrá comprender las formas y los movimientos de toda la flora que lo rodea, pero puede intentarlo mediante la respiración de sus perfumes y la contemplación de sus colores; pero los colores cambian de la mañana a la tarde, y los vientos van en diferentes direcciones y están a diferentes temperaturas dependiendo de la época del año, de la hora del día, y de cómo vaya todo al otro lado del mundo. Por eso hay que agradecer a Ormeño y a Pérez, dos perros devoradores realmente grandes, impresionantemente inteligentes: dos panales inmensos, uno al lado del otro, con sus abejas trabajando a triple jornada, irguiendo industrias de la filosofía. Sin duda, esos dos panales preocupados de su propio crecimiento, sin saberlo, ayudan a que la flora que los rodea, la Filosofía, se mantenga existiendo, aunque ella no dependa ni en lo más mínimo de los panales, pues también están los pájaros, los herbívoros, otros insectos y el mismo viento y la lluvia, que son lo que da pie realmente a la filosofía, y aquello por lo cual la Filosofía está realmente preocupada.
ESTA SEMANA EN LA POLLERA:
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-LEA: La insoportable levedad del ser
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- EXPOSICIÓN DE PINTURA: Michael Edwards R.
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Creo que la filosofía si
Creo que la filosofía si puede ser mal leída como una pieza puede ser mal tocada. la filosofía propicia un modo de pensar que requiere rigurosidad; eso no quita la posibilidad de la interpretación, el intérprete se ajusta a un texto, no inventa, lo lee y le da matices, pero dentro de las posibilidades que el sistema - para el caso- impone. así todo. las posiciones de perez y ormeño se mueven en ese horizonte. lo demás es masturbación.
Por dios... el
Por dios... el postmodernismo cunde por todos lados..
Me gusto ese : "Lo honesto de la filosofía, lo honesto del filósofo, escriba o no, es su esfuerzo por alcanzar la verdad."
Y asi dicen que en Rancagua no hay gente que pienze.
Es complicado el tema. Igual
Es complicado el tema. Igual estoy de acuerdo con el artículo, aunque la rigurosidad en la lectura de la filosofía creo que es un factor muy importante y el cual no es mencionada arriba.
Camilo, un muy buen ensayo
Camilo, un muy buen ensayo sobre lo que representan las múltiples corrientes de la filosofía.
Lamentablemente las palabras bellamente adornadas de los filósofos pueden ser precipitadas al vacío por las acciones y la experiencia directa.
Esto es como las formas religiosas, el otro día pasó una pareja de personajes de una X religión, tradando de convencer a los ciudadanos de la exactitud y veracidad de su sistema, ante lo cual les hablé de mi postura frente a ello y frente a su seguridad les dije, que al igual que a ellos, Dios me habías señalado el camino correcto.
No quise hacerlos dudar de su sistema, pero es el modo más seguro para que no me intenten convencer.
Todo es comprobable bajo ciertas condiciones, así que la "verdad" se convierte en utopía.
Hasta pronto Camilo.
muy largo y muy fome,
muy largo y muy fome, inconexiones y, un "show de la brillantez humana", me parece un poquito chupamedias......