LEA El Quijote
Piérdale el miedo al Quijote. Ríase de él, ríase de usted mismo, sufra con la rareza del impúdico hidalgo de la Mancha. Disfrute de la gracia genuina de esa inmensa obra, y no con las tonteras seriotas que la rodean.
Aparecían nuevas especies de frutas, nuevas especies de animales, podía haber gigantes, seres completamente inimaginados, monos lampiños sin alma, quién sabe. Las imaginaciones estaban brutalizadas, la realidad podía llegar a extremos rarísimos. Había que conquistar tierras lejanas y tierras cercanas, todo se podía ir de las manos inmediatamente, había temor y coraje en todas partes, y en este escenario estaban los que rezaban por el bien de la humanidad, los que luchaban con las armas en la mano, y los que se preocupaban de sostener las vidas trabajando en el campo; para éstos últimos había muchos escritores que producían novelas que ocupaban el lugar que hoy ocupan, por ejemplo, las teleseries, escritores que calmaban a las masas, las retrotraían y las encerraban en su cotidianeidad; otros, por su parte, estaban de lleno en la rareza, de lleno en el mundo de la novedad, en el mundo del relativismo radical, que, de un modo incipiente, se colaba por entre los poros del universo.
Uno de esos raristas era el Miguel de Cervantes. Amante de la espada y la pluma, Cervantes, un poeta frustrado, se dedicó a luchar por su patria y a escribir prosa por su rareza. Había perdido una mano, unos años de juventud en prisión, dinero, y, pese a todo, ahí estaba para darle la vida a la rareza, y para darle vida a la rareza. El Quijote es una obra magnánima de la cual se habla muchísimo. Es una obra, hoy por hoy, muy tomada en serio, debido a lo que refleja, a lo que logra. Sin embargo, El Quijote es una obra tremendamente pichulera, El Quijote, mediante su personaje principal, que es en sí el objeto satírico de la burla, se ríe del absurdo de la mente humana, del absurdo de la ignorancia, del poder del sentido común; Cervantes se ríe de sí mismo y de cada uno de los lectores; el lector debe aprender a reírse de sí mismo y del Quijote. Y no es una tarea fácil.
Lo más fácil es ponerse serio y decir qué buena es la obra, qué serio es el trabajo de Cervantes. Y claramente hay seriedad detrás del Quijote, está el sufrimiento de la ausencia de una verdad; como en toda risa verdadera, en el Quijote hay sufrimiento, pero es un sufrimiento del que no hace falta hablar. Está ahí mirando, escondido a las espaldas de las palabras, haciéndole sombra a cada movimiento de nuestros personajes. Pero si teorizamos ese sufrimiento, lo único que vamos a lograr es solaparlo entre las palabras. Dejémoslo ahí y dediquémonos a reír con el ingenioso hidalgo. O con el ingenioso caballero, que los estúpidos consensos humanos así han decidido llamarlo.
Después de todo, ¿qué demonios es una caballero? Un honorable caballero, eso es lo que representa el Quijote. ¿Para quién? Para el buen lector. En fin. Yo me quedo con Sancho. Ese gordinflón ignorante que se lo traga todo, que sirve a su patrón no por el cariño que le tiene, sino porque eso le llevará a gobernar una ínsula. Sancho es un idiota que quiere poder, nada más que eso. ¿Y toda esa sabiduría popular con la que se carga al pobre gordo y a su burro? ¡Nada! ¡Toda esa sabiduría popular es una bolsa de cáscaras de nuez! ¡Nada en lo absoluto! Y eso es lo que somos todos nosotros, unos Sanchitos Panzas, unos servidores de patrones que nos parecen unos estúpidos, pero que nos dan la comida y que nos cuelgan de la nariz una promesa que se supone que nos traerá poder, merezcámoslo o no. Pero somos unos estúpidos. ¿Y cómo salvarse de la estupidez? Enloqueciendo, como el jodido Quijote. Estamos en una encrucijada compleja ¿no? ¿Qué nos queda? Reír. Reírnos del Quijote, burlarnos del único gran héroe. Y si tenemos suerte, reírnos de nosotros mismos. Y eso Cervantes quiere dejarlo bien claro.
El Quijote fue un éxito de ventas, Lope de Vega lloraba en su torre y vomitaba sus pasteles, la industria de los libros de caballería se reunía cada vez más seguido para decidir de qué modo reaccionaban ante este boom de la rareza, y Cervantes, yo creo –o yo quiero (son palabras que suenan muy parecido, quién sabe)–, estaba terriblemente incómodo en ese sillón de seda que le tejen a los bestsellers. Tan incómodo estaba que, una década después del Quijote, decidió publicar una segunda parte y matar a Quijano, para que nadie más se meta con él. (En tiempos del libro de caballería, los narradores tomaban personajes ajenos y continuaban la zaga añadiendo nuevas aventuras. Era una costumbre rarísima pero muy noble –independientemente de la calidad de los textos– en tanto las historias trascendían las capacidades de una sola mente y se volvían productos de sí mismos. Y El Quijote ya había visto nacer continuaciones a manos de otros autores, cosa que Cervantes no toleró, dejando claro, en palabras salidas de la boca del mismo Quijote, que su obra no era otro sedante popular, que no era para calmar a las masas como el resto de los trabajos de esa época tan agitada, sino todo lo contrario: ¡El Quijote es un monumento a la rareza!)
Para que nadie más se meta con él, como se metieron todos esos personajes de la segunda parte, personajes de un libro cuya primera parte ya habían leído. ¿Pueden creerlo? El Quijote se vuelve una y otra vez algo real: la primera parte es publicada, es un éxito de ventas, y luego aparece una segunda parte en la que el Personaje se topa con una serie de personas que ya conocen sus historias y sus secretos. ¡Qué perturbación! Así, El Quijote muere y se vuelve más real aún, más loco, más enmarañado entre las verdades, las mentiras y las ficciones.
¿Y cómo puede uno tomarse en serio todo eso? ¡Es imposible! Es por eso que le recomendamos a usted, estimado lector de La Pollera, que lea ese ladrillito de Cervantes, que no le tema a ese lenguaje desusado, que se burle de sí mismo y de todo lo que le rodea, que El Quijote no es para tomárselo en serio: si quiere sufra, si quiere ríase, pero no se lo tome en serio, por favor. No haga como Sansón Carrasco, que quién sabe qué fue de su triste carrera.
Uno de esos raristas era el Miguel de Cervantes. Amante de la espada y la pluma, Cervantes, un poeta frustrado, se dedicó a luchar por su patria y a escribir prosa por su rareza. Había perdido una mano, unos años de juventud en prisión, dinero, y, pese a todo, ahí estaba para darle la vida a la rareza, y para darle vida a la rareza. El Quijote es una obra magnánima de la cual se habla muchísimo. Es una obra, hoy por hoy, muy tomada en serio, debido a lo que refleja, a lo que logra. Sin embargo, El Quijote es una obra tremendamente pichulera, El Quijote, mediante su personaje principal, que es en sí el objeto satírico de la burla, se ríe del absurdo de la mente humana, del absurdo de la ignorancia, del poder del sentido común; Cervantes se ríe de sí mismo y de cada uno de los lectores; el lector debe aprender a reírse de sí mismo y del Quijote. Y no es una tarea fácil.
Lo más fácil es ponerse serio y decir qué buena es la obra, qué serio es el trabajo de Cervantes. Y claramente hay seriedad detrás del Quijote, está el sufrimiento de la ausencia de una verdad; como en toda risa verdadera, en el Quijote hay sufrimiento, pero es un sufrimiento del que no hace falta hablar. Está ahí mirando, escondido a las espaldas de las palabras, haciéndole sombra a cada movimiento de nuestros personajes. Pero si teorizamos ese sufrimiento, lo único que vamos a lograr es solaparlo entre las palabras. Dejémoslo ahí y dediquémonos a reír con el ingenioso hidalgo. O con el ingenioso caballero, que los estúpidos consensos humanos así han decidido llamarlo.
Después de todo, ¿qué demonios es una caballero? Un honorable caballero, eso es lo que representa el Quijote. ¿Para quién? Para el buen lector. En fin. Yo me quedo con Sancho. Ese gordinflón ignorante que se lo traga todo, que sirve a su patrón no por el cariño que le tiene, sino porque eso le llevará a gobernar una ínsula. Sancho es un idiota que quiere poder, nada más que eso. ¿Y toda esa sabiduría popular con la que se carga al pobre gordo y a su burro? ¡Nada! ¡Toda esa sabiduría popular es una bolsa de cáscaras de nuez! ¡Nada en lo absoluto! Y eso es lo que somos todos nosotros, unos Sanchitos Panzas, unos servidores de patrones que nos parecen unos estúpidos, pero que nos dan la comida y que nos cuelgan de la nariz una promesa que se supone que nos traerá poder, merezcámoslo o no. Pero somos unos estúpidos. ¿Y cómo salvarse de la estupidez? Enloqueciendo, como el jodido Quijote. Estamos en una encrucijada compleja ¿no? ¿Qué nos queda? Reír. Reírnos del Quijote, burlarnos del único gran héroe. Y si tenemos suerte, reírnos de nosotros mismos. Y eso Cervantes quiere dejarlo bien claro.
El Quijote fue un éxito de ventas, Lope de Vega lloraba en su torre y vomitaba sus pasteles, la industria de los libros de caballería se reunía cada vez más seguido para decidir de qué modo reaccionaban ante este boom de la rareza, y Cervantes, yo creo –o yo quiero (son palabras que suenan muy parecido, quién sabe)–, estaba terriblemente incómodo en ese sillón de seda que le tejen a los bestsellers. Tan incómodo estaba que, una década después del Quijote, decidió publicar una segunda parte y matar a Quijano, para que nadie más se meta con él. (En tiempos del libro de caballería, los narradores tomaban personajes ajenos y continuaban la zaga añadiendo nuevas aventuras. Era una costumbre rarísima pero muy noble –independientemente de la calidad de los textos– en tanto las historias trascendían las capacidades de una sola mente y se volvían productos de sí mismos. Y El Quijote ya había visto nacer continuaciones a manos de otros autores, cosa que Cervantes no toleró, dejando claro, en palabras salidas de la boca del mismo Quijote, que su obra no era otro sedante popular, que no era para calmar a las masas como el resto de los trabajos de esa época tan agitada, sino todo lo contrario: ¡El Quijote es un monumento a la rareza!)
Para que nadie más se meta con él, como se metieron todos esos personajes de la segunda parte, personajes de un libro cuya primera parte ya habían leído. ¿Pueden creerlo? El Quijote se vuelve una y otra vez algo real: la primera parte es publicada, es un éxito de ventas, y luego aparece una segunda parte en la que el Personaje se topa con una serie de personas que ya conocen sus historias y sus secretos. ¡Qué perturbación! Así, El Quijote muere y se vuelve más real aún, más loco, más enmarañado entre las verdades, las mentiras y las ficciones.
¿Y cómo puede uno tomarse en serio todo eso? ¡Es imposible! Es por eso que le recomendamos a usted, estimado lector de La Pollera, que lea ese ladrillito de Cervantes, que no le tema a ese lenguaje desusado, que se burle de sí mismo y de todo lo que le rodea, que El Quijote no es para tomárselo en serio: si quiere sufra, si quiere ríase, pero no se lo tome en serio, por favor. No haga como Sansón Carrasco, que quién sabe qué fue de su triste carrera.
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La cursilería tiene un
La cursilería tiene un límite, y ese de patillitas los traspasó con alevosía.
somos unos malditos sanchos
somos unos malditos sanchos panzas!!!! (maldicion, que duro es aceptarlo)
Hola, soy tu padre.
Hola, soy tu padre.
Esta vez estoy de acuerdo
Esta vez estoy de acuerdo con el señor Camilo Rojas. Creo que el Quijote es una gran obra, pero que hay que leerla con descuidado y aprender a disfrutarla. Me sumo a la recomendaci{on de este LEA. Bin La Pollera.
no entiendo nada. ¡y eso es
no entiendo nada. ¡y eso es un clasico de todos los tiempos??
que buena la foto de
que buena la foto de sancho!!
y vamos a leerlo que en el colegio fui incapaz
A mí me gusta mucho leer, y
A mí me gusta mucho leer, y nunca he podido avanzar más de 10 capítulos con el quijote, pero este es un buen ánimo. se agrdece, me dieron hartas ganas de leerlo, y lo mejor es que está ahí, no conozco casa en la que no haya un ejempolar de ese libro. voy por el.